martes, 18 de agosto de 2015

La Carta Nunca Enviada

La Carta Nunca Enviada
Concurso "Palabras sin Fronteras"
Realizado por el
Instituto Cultural Latinoamericano
Muchas Gracias! 


Querido mío:

Cuando te vi estabas de espaldas a mí. No sabría explicarlo pero inmediatamente tuve una sensación desconocida que recorrió mi cuerpo; luego pensé que me había enamorado, que el amor a primera vista de verdad existía.

Apresurados, pautamos la primera salida;  lentamente, nos fuimos conociendo. Sin embargo, el resabio de nuestro infantil pensamiento mágico, nos convenció que nos conocíamos de toda la vida. Éramos el uno para el otro.

Debo confesarte que te veía un tipo raro, sencillamente inalcanzable. Eso me atraía, me empujaba hacia vos como si yo fuera el agua que irremediablemente tenía como único destino apagar tu fuego.
Casi siempre serio, sólo de tanto en tanto dejabas ver una sonrisa y con ella tus dientes intensamente blancos. Yo imaginaba que me reflejaba en ellos. Eso alcanzaba para iluminarlo todo, era como si los faroles se hubieran encendido esperando celebrar una fiesta. 
Hablabas en un monólogo lento, yo simplemente escuchaba.
Tus manos, con movimientos pretendidamente espontáneos y obsesivamente automáticos, acompañaban tus palabras. De tanto en tanto, acomodabas tu pelo, prolijo y largo.
Y aunque te escondías, lentamente descubrí que muy a tu pesar, tu discurso sabio e impertinente, no lograba enmascarar tu sentir de poeta.  Fue cuando supe que reías ante lo sutil,  y que disfrutabas casi de un modo gozoso de tu soledad; supe que tus días transcurrían entre Woody Allen y los Stones; que Dylan Tomas te elevaba, los Beatles te inspiraban y Asimov te transportaba a un mundo donde todo lo imaginado se convertía en posible.
Sólo el llamado de tu madre a las 5 de la mañana, mucho antes que saliera el sol para irte a trabajar, te hacía caer de bruces en la realidad.

Ése era un tiempo en el que nos creíamos iguales.

De mí… qué podría contarte… Con menos de veinte años,  yo vivía en otro  mundo. Un mundo de fantasía en el que para ser feliz alcanzaba con pensarlo varias veces, las utopías se hacían posibles y la política era cosa de señores entendidos con barba y bigote. No la comprendía. No me interesaba.
Aprendí desde chica que los fundamentalismos lastiman y aunque por entonces ni siquiera conocía ese término, deambulé sin problema alguno entre la biblia y el calefón disfrutando de las zonas intermedias, los muy despreciados y famosos casi invisibles grises.
Me sentaba por horas a leer a García Márquez y dejaba que sus Cien Años de Soledad me invadieran, me llevaran a caminar por las calles de Macondo y llenaran mis agobiantes tardes de verano; o me quedaba mirando televisión, riendo como loca con las absurdas parodias de Olmedo. 
Siempre amé los boleros, por románticos y muy especialmente por su practicidad. En ellos encontraba los recursos para solucionar lo que representaba mi sufrimiento, mi dificultad: yo era irremediablemente tímida. Así que cuando sonaba la música y Manzanero me cantaba al oído apoyaba mi cabeza en tu hombro y me dejaba llevar. Nadie notaba que no sabía bailar, que apenas me mecía, que mis pies permanecían quietos y que sólo yo, percibía ese movimiento que el ensueño provocaba. Yo aprovechaba para sentirte muy cerca, y mi perfil histérico e introvertido se regodeaba complacido.
Pretendí rebelarme ante los mandatos familiares, te acordás… y muy a mi pesar,  pasé largos años de mi vida buscando infructuosamente la mirada de reconocimiento que nunca llegó. Y aunque intenté reprimir los  fantasmas que marcan nuestras vidas, debo reconocer que aún resuenan y perduran en mi memoria. Ellos no lo saben, nunca lo sabrán, no lo digas: yo los ignoro.
Cada tanto, y cada vez más seguido, la niña que fui se sienta a mi lado. Me muestra de dónde vengo, y quien soy. Y aunque a veces me pongo triste, muchas otras, me alegro de ello.

Probablemente ya estés recordando aquella época en que vos y yo, nos sentíamos iguales… el tiempo, y el advenimiento del amor, nos dejó descubrirnos distintos.

En aquellos momentos la ilusión del enamoramiento creció y creció, hasta que como debía ser, un día se desvaneció, para dejarnos ver nuestras diferencias, y con ellas, el amor verdadero pasó a formar parte de nuestra historia. Aceptarnos con aciertos y errores nos hizo construirnos, un poco por amor a nosotros mismos, otro poco por amor al otro.
Pasamos muchos años juntos y tus stones terminaron mezclados riendo con mis olmedos. Quién lo hubiera dicho…  Como muchos años después comentó una tía vieja: “nadie apostaba  dos pesos por nosotros”
Los engañamos; los defraudamos; nos amamos profundamente; formamos la familia que soñaron mis sueños de niña, percibida abandonada. Tuvimos tres hijas maravillosas, muchas responsabilidades y un hijo que se nos fue entre las manos, entre diagnósticos errados y lágrimas certeras.
Vos, por sostenernos, fuiste dejando atrás tu poesía para ser un trabajador. Sin embargo, en la cotidianeidad de tu palabra, siguió abrevando calidamente la prosa, esperando a ser rescatada de la mudez con que la premura del esfuerzo diario la había sometido.
Yo elegí dejarlo todo para seguirte donde fuera; me quedé en la casa, reí y sufrí junto a ustedes, los vi crecer, y yo misma crecí.
Superadas las urgencias, llegó el día en que mi propio deseo volvió a abrirse paso; entonces casi sin darme cuenta, fui alcanzando lo que soñaba, mientras seguía soñando con lo que aún estaba por alcanzar.

En fin, después de tanto tiempo, obviamente, ya no somos los mismos. No podría decir si te amo más, mejor o diferente. Sólo sé que te sigo amando. Y que a pesar de los años, no siempre, pero sí cada tanto, con el pretexto de comentar un libro, una película o simplemente volvernos a sentir, nos reencontramos en alguna charla, larga y serena; ésas, las charlas sin ninguna importancia, ésas que siguen siendo las que más nos gustan. Es entonces, que por un rato, volvemos a ser aquellos de los que nos enamoramos, tan iguales,  y que muy dentro de nuestro, aún somos.
Hoy que me siento enferma, quise recordarlo. Es que no puedo marcharme sin habértelo dicho.
Eternamente tuya, tu mujer.

Stella Maris Riera, Argentina (1958)
Psiconalista - Contadora de Historias


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