miércoles, 15 de junio de 2016

Mi hijo no hace caso - Cuando el niño hace un síntoma

Seguí leyendo sobre este tema en
http://sublimaressanar.blogspot.com.ar/2015/06/mi-hijo-no-hace-caso-descontrol-de.html

Un niño hace un síntoma, y en líneas generales es en la escuela, donde ese síntoma se despliega primero. La familia comienza a recibir notas, y se les cuenta acerca de los reiterados llamados de atención. Entonces en el hogar se comienzan a poner en marcha diferentes recursos para que el comportamiento del niño mejore, hablan de responsabilidades, utilizan premios, castigos, se sienten tristes, se enojan. Se ponen felices con cada logro, se frustran con cada equivocación. Finalmente desde la escuela llega la sugerencia para la consulta psicológica. La familia, presionada por las autoridades, de acuerdo o no con ello, me visita.
¿Será ésta una consulta deseada? ¿O simplemente estarán complaciendo el requerimiento de la Institución?
Escucho a esos papás, y luego al niño. Me tomo el tiempo que considero prudente para conocerlos y para que ellos, también me conozcan.
El tiempo que a mi criterio sea prudente y necesario para hacer de esa consulta obligada, una demanda deseada.
Comienza un trabajo que para mí será familiar. Y será únicamente de este modo que aceptaré trabajar con el niño, porque entiendo que de nada sirve una o dos horas de terapia semanal o la píldora mágica que lo calme, si al cerrarse la puerta del consultorio el niño vuelve a un ambiente caótico.
Si pretendemos un niño atravesado por el orden y la ley, esa ley deberá primero, atravesar a sus padres.
El hábito, la rutina diaria, sin sorpresas ni sobresaltos, harán que el niño alcance su propio orden interno; que logre sentirse confiado y seguro. No habrá esperas fallidas que generen incertidumbre o frustración; o ansiedad, descontrol, miedo, o enojo. En síntesis, dejará de haber esas diferentes formas de sufrimiento que hacen llegar a los padres a la consulta.
Entiendo, que somos nosotros, los profesionales de la salud, quienes debemos darnos y darles tiempo. Un tiempo suficiente para transitar el camino, el andar, pero también la espera. Hacer nuestro trabajo de manera concienzuda. Sin prisa pero sin pausa.
Los niños requieren de nuestra mirada. Y al decir mirada, no digo intromisión, digo, simplemente, mirada. La vieja “observación del médico de cabecera” que parece haber quedado sepultada en el olvido, entre las telarañas de los libros viejos.
Digo: ocupémonos del niño pero también de su familia.
Miremos viendo un poquito más allá y por qué no, mas acá. Veamos sus costumbres, sus miedos, sus reacciones, sus ansiedades. Preguntemos, seamos entrometidos. Tenemos que conocer cómo viven. De qué espacio disponen, cómo se alimentan, cómo y con quién duermen. Cómo juegan, si lo hacen o no. Si sus juegos son activos o pasivos, si son reglados, si necesitan del desplazamiento, o si permanecen quietos. Si conversan, si pueden escuchar. Si dibujan, si pueden mancharse y disfrutan con ello. Si modelan utilizando elementos blandos, si son creativos, estructurados, plásticos, rígidos o flexibles.
Ésta es sólo una lista de las tantas cosas que intento ver en los niños a la hora de pensar qué les está pasando. Si le está pasando “a él” o “sólo es él quien hace el síntoma en la familia.”
Tal vez este niño revoltoso o inquieto, este niño que no consigue prestar atención, o no logra resolver problemas, o comprender textos… Tal vez este niño con regulares en la columna de conducta en el boletín, o el insuficiente en las pruebas, sólo es un niño vulnerable.

No puedo generalizar ni asegurarlo. Pero digo, sólo tal vez, este niño es el que puede expresar el conflicto familiar, latente o manifiesto, del que nadie más sabe, puede, o quiere hablar.

Stella Maris Riera - Psicoanalista - UBA 

2 comentarios:

  1. SI no trabajamos con la familia, no podemos ayudar.No hay mafia, solo trabajo.

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  2. Gracias por tu comentario, imagino que quisiste escribir magia. Y coincido, sólo es trabajo en red.

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