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lunes, 1 de agosto de 2016

Una Caricia Jabonosa



La cocina ardía en un infierno, caliente. Corrían los primeros años de mi infancia y el estrecho tacho de aluminio reemplazaba al cuarto de baño que aún no lográbamos tener. 
El vapor lo cubría todo; los vidrios se empañaban. Yo dibujaba nubes que pronto transpirarían sus lluvias. Yo me deleitaba. 
La Tía colgaba mi ropa interior cerca del fuego y en esas mañanas frías, el olor de la sopa se mezclaba con su perfume a madre. El pan negro ya se cocinaba en el horno y yo comenzaba desde temprano con mis sueños de leche chocolatada. Ese pan, solidario, se dejaría rozar por la manteca, que enamorada de su aroma, se derretiría entregada en su regazo. 
El baño duraba poco. El agua se enfriaba rápido. 
Sin embargo, el calor de La Tia Angelita, ese que me transmitía en cada caricia jabonosa, me calentaba el cuerpo y el alma, tanto, que se quedaría en mí, para toda la vida.

Stella Maris Riera - Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias

martes, 8 de diciembre de 2015

Me preguntaba si habrá sido un ángel...

La Tía Angelita
(el ángel de la guarda existe)



Por aquellos tiempos me preguntaba si era un ángel.
Era un ser luminoso, con forma de mujer, sus palabras eran dulces, su mirada, diáfana, su abrazo… su abrazo era indescriptible.
Parece que su trabajo en este mundo, y a mi lado, fue exitoso, porque terminó muy rápido.
Y como así son los ángeles, como vino, se fue.
Vaya a saber uno, a quién hoy cobija, qué oídos la escuchan, que ojos la ven…
Vaya a saber a quién mece, quién ríe con ella, a quién le canta.
Vaya a saber quién la está amando como yo lo hice, como yo la amo, y la amaré.

Por estos tiempos, dejé de preguntarme si habrá sido un ángel. 


Si me estás escuchando, por favor, volá a mi lado (hoy más que nunca, te estoy necesitando).



Stella Maris Riera Argentina (1958) Psicoanalista 
Oidora y Contadora de Historias 



lunes, 23 de marzo de 2015

Nostalgia de tía, nostalgia de lluvia.



El otoño, los grises, y los días de lluvia, han sido y serán mis favoritos. Recuerdo bien aquellos tiempos en los que el mes de mayo traía días nublados y húmedos. También recuerdo estar sentada en el patio amplio, a cielo abierto, trayendo sus colores violáceos y amarillos, anunciando las primeras gotas que comenzarían a caer. Como si fuese a venir un vendaval, yo corría a refugiarme en la cocina, pequeña y cálida, siempre colmada de aromas sabrosos y conocidos. Ansiosa, esperaba que llegara la lluvia y que el agua se juntara entre las baldosas hundidas, para después escapar, haciendo caso omiso a las recomendaciones de la tía: porque "no tenés que mojarte, a ver si te resfrías nena… si querés salir, tenés que ponerte el piloto y las botas”, decía. Yo no la escuchaba. El piloto quedaba tirado y las botas también... eran tan molestas... Si lo más lindo era mojarse, sentir la ropa pegada al cuerpo y los pies bailando esa danza que a pesar de múltiples intentos, jamás he podido repetir. Ese era mi ritual, un ritual obligado que transformaba mis días igualitos y rutinarios en casi una fiesta, y a pesar de haber sido desobediente, la tía accedía, benévola y me permitía disfrutar, hasta que mi fiesta terminara. Luego, con un gesto, me invitaba a entrar, y a falta de reto estaba el baño caliente, y el abrigo para ser cambiado por el que había quedado empapado. No había discusiones ni enojos, no había miradas hoscas ni berrinches. Yo reía, la tía reía, y la risa y sus brazos abiertos en U alcanzaban para dejarme comprender que el momento de jugar había terminado: yo corría y la sujetaba, mientras ella, también me sujetaba; su ternura me envolvía, su calor me secaba, y el plato de sopa caliente me esperaba sobre la mesa. La silla alta con el almohadón gordo y mullido, me elevaba unos cuantos centímetros, sin embargo, aún así, mis piernas colgaban y quedaban (a mi parecer) muy lejos del piso. Ésa era entonces, mi visión del mundo. Desde ahí, desde el fondo de ese patio, yo crecí mientras soñaba. No había tablet, ni celulares. Las historietas y los sonidos cotidianos eran la sorpresa y el entretenimiento del día. Las formas de las nubes una atracción; podían resultar divertidas, temerarias, o incomprensibles. La fantasía fue mi compañera, y en la pequeña cocina de mi tía, la del corazón grande, mi infancia transcurríó feliz. El tiempo pasó, y nuevos otoños con nuevos colores pintaron mi cielo, nuevas nubes me regalaron nuevas formas. Cuando estoy segura que nadie me ve, a solas, vuelvo a saltar con los pies juntos, sobre algún charco, en alguna vereda rota con el anhelo de recuperar las sensaciones de mi niñez. Es entonces que me convenzo: aunque me esfuerce nunca más dejaré de sentir esta nostalgia que me envuelve cada vez que cae la lluvia.


Stella Maris Riera, Argentina(1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias


Otras obras del artista Leonid Afremov 









miércoles, 11 de marzo de 2015

Regreso Inexorable

Sublimar es Sanar
La Tía Angelita

Quiero volver a tenerte, como cuando para que duerma, me cantabas: sentada a caballito cabalgaba mi sueño mientras tu voz encendía la oscuridad de mi noche. Te mecías, y con tu arrullo, yo también me mecía; tus brazos me envolvían, tu cuerpo me arropaba, tu mejilla tibia se apoyaba en mi cara, eras mi resguardo, mi sostén, y mi alivio; y cuando creyéndome dormida, te marchabas, mis ojos se abrían, mi voz hecha llanto en un grito te llamaba, entonces, silenciosa y magnánima, volvías. Ayer, hoy y eternamente.

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias

La dignidad del trabajo y un mundo de chocolate

"La máquina de coser"
Óscar Dominguez
Yo era pequeña. Día a día me sentaba, al otro lado de la máquina de coser, en la que La Tía Angelita, trabajaba. Con mi taza de chocolate caliente, y mi pan con manteca, en un movimiento repetitivo y constante, sumergía mi trozo de pan, en aquella taza enorme que La Tía me daba, cada tarde, cual ración para toda una vida. La manteca, derritiéndose, formaba círculos amarillentos; yo los contemplaba moverse, flotar, y con ellos, en mi mundo de chocolate, yo también flotaba. Merendaba y veía como los cuellos de camisa, que La Tía cosía mientras cantaba, iban cayendo, unidos, por un hilo delgado formando una larga hilera. Yo tomaba la tijera y con mis dedos de niña los iba separando. Los colocaba apilados, uno a uno, a mi lado. En aquel entonces, claro, no lo entendía. Hoy sé que esos fueron momentos en los que aprendí del esfuerzo compartido, la importancia del amor y la dignidad del trabajo. El amor que nos unía (y que a pesar de su viaje aún nos une) hizo de esos sonidos la mejor sonata de invierno que jamás volveré a escuchar.
# Cabe aclarar que el alimento de aquella merienda, sí alcanzó para toda la vida.

Stella Maris Riera, Argentina (1958) – Psicoanalista – Contadora de Historias


Óscar Domínguez Fue un pintor surrealista que pasó la mayor parte de su vida trabajando en Francia. Nació en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna en la isla española de Tenerife, en las Islas Canarias en 1906. El artista fue afligido por una enfermedad progresiva, lo que dejó de crecer y causó deformidades a sus extremidades y la cara. Cuando era muy joven, se trasladó a unos diez kilómetros de La Laguna a vivir con su abuela en la ciudad de Tacaronte. Él desarrolló un interés por el arte desde una edad temprana. La mayor parte de sus primeras obras eran pinturas de paisajes. Se trasladó a París para reunirse con su padre en 1927 y permaneció allí durante el resto de su vida. Después de llegar a París, se convirtió cada vez más interesados ​​en el surrealismo. Él conoció y se hizo amigo de Picasso y otros surrealistas, y muchas de sus obras adultos fueron influenciados por Picasso. La influencia de Picasso es muy evidente en muchos de sus cuadros, y se le critica a veces debido a la similitud. Él también produjo muchas obras que aparecieron oscuro y grotesco, incluyendo un autorretrato en 1931 mostrando sus brazos deformes con las muñecas cortadas abierto, un presagio aterrador de su suicidio posterior. Domínguez se suicidó en 1957. 

Otras obras del artista






Información e imágenes en el sig. enlace 
http://totallyhistory.com/


Los días de gloria

Sublimar es Sanar
La Tía Angelita

En la austeridad del hogar que me regalaba mi tía, el verano se sentía pleno y agobiante. En busca de aire fresco, tarde tras tarde, me refugiaba en el zaguán, que generoso, se especializaba en fríos eternos. Sentaba en el penúltimo escalón de la escalera de mármol, me alejaba del sopor, y también, ya desde entonces, de la realidad. Para eso, cuaderno gloria rayado y lápiz en mano, me ayudaban a viajar a aquel mundo de ensueño, que me acompañó, y aún me acompaña alejándome de la locura. Lo expresé tantas veces de este modo, que a estas alturas quienes no me conocen, y otros tantos, estarán preguntándose acerca de esta afirmación. ¿Qué si estoy loca? No… o por lo menos creo no estarlo. Es que gracias a la fantasía, no necesité de la alucinación, ni el delirio.
Lo creía olvidado, pero por estos tiempos en que recuperé el hábito de la escritura, volvieron a mi memoria frases de mi niñez. Y no lo invento, esta vez no lo invento, no es un cuento, es pura realidad hecha recuerdo.
Miro hacia atrás y veo mi pequeña letra, prolija y redondeada, con la que escribía mis primeras frases de los nueve o diez años, cuando intentaba transformarlas en poemas. No es mucho lo que viene a mi memoria, pero lo poco que recuerdo, decía algo así: “(…) Mi casa es tan azul… y los duendes se hamacan, colgándose en racimos, de la punta del fleco de la colcha de lana. Mi casa nos espera, allá, lejana (…)” Y estoy ahí, en el patio grande a cielo abierto, subida a mi banquito de madera, recitándolas para todo aquel que quisiera escuchar. La creía perdida, olvidada, sin embargo, parece que refugiada entre los recuerdos de mi infancia marcó huella y señaló mi camino.
Frases como ésa susurraron en mi oído, a lo largo de mi vida, mostrándome hacia dónde iría, hacia donde no, y hacia dónde, definitivamente, deseaba ir.
“Hoy los duendes no habitan en mi colcha de lana, pero sé que siguen conmigo. Sólo yo los veo: están aferrados a la ropa de mis nietos riendo con ellos, mientras corren felices en el patio.”
Stella Maris Riera, Argentina (1958) – Psicoanalista – Contadora de Historias