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lunes, 8 de agosto de 2016

Cuando los ojos de él sólo miraban los míos (Anecdotario)


https://es.pinterest.com/source/gubiasypincelesrafael.blogspot.mx/

Diálogos de diván
Me lo contó apenada. Dijo recordar aquel tiempo, en que los ojos de él, sólo parecían mirar los suyos. Cuando no había un afuera. Cuando la palabra dos, no aparecía en su vocabulario. Mientras me lo decía lloraba. -En esa época éramos sólo uno, su mirada bastaba para saber lo que necesitaba, una simple pregunta y al unísono surgía una misma respuesta -. 
Hizo un silencio. Tomó un pañuelo de papel que había a su lado, secó sus lágrimas y con una mueca parecida a una sonrisa, expresó: – no… si no es tristeza, sólo reflexiono sobre cuánto hemos cambiado - El es feliz con su música, yo con mis libros, a veces ambos lo somos al ver una vieja película, tomando un mate, coincidiendo; y si bien hay días en que apenas nos cruzamos, y otros, en los que la urgencia cotidiana nos tiene corriendo a cada uno en lo suyo…¿sabe? a veces ocurre. Es cierto, ocurre poco… pero cuando sucede, la magia aparece nuevamente entre nosotros, y los ojos de él, sólo parecen mirar los míos -.
Stella Maris Riera – Buenos Aires – Argentina (1958)

De Historias Irreales y no tanto… Parte 3: Nostalgias

lunes, 1 de agosto de 2016

Una Caricia Jabonosa



La cocina ardía en un infierno, caliente. Corrían los primeros años de mi infancia y el estrecho tacho de aluminio reemplazaba al cuarto de baño que aún no lográbamos tener. 
El vapor lo cubría todo; los vidrios se empañaban. Yo dibujaba nubes que pronto transpirarían sus lluvias. Yo me deleitaba. 
La Tía colgaba mi ropa interior cerca del fuego y en esas mañanas frías, el olor de la sopa se mezclaba con su perfume a madre. El pan negro ya se cocinaba en el horno y yo comenzaba desde temprano con mis sueños de leche chocolatada. Ese pan, solidario, se dejaría rozar por la manteca, que enamorada de su aroma, se derretiría entregada en su regazo. 
El baño duraba poco. El agua se enfriaba rápido. 
Sin embargo, el calor de La Tia Angelita, ese que me transmitía en cada caricia jabonosa, me calentaba el cuerpo y el alma, tanto, que se quedaría en mí, para toda la vida.

Stella Maris Riera - Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Desde que te marchaste

"llorando"
Juan Carlos Boveri
pintor latinoamericano



Desde que te marchaste
El amor que te tengo anda como loco.

Busca tu abrazo en mi espacio vacío
Busca tu aroma, busca tu mirada.
El amor que te tengo, deambula, solitario.
Busca tu palabra, busca tu silencio.
Se apoya en los seres que pasan a mi lado.
Al amor que te tengo, ya nada lo complace
Y al decaer no busca. Decide detenerse.
Aferrado de mí, se friega entre mis párpados
Vencido, se hace lágrima. Me hace sentir sereno.
Me persuade y le creo. Respiro mi congoja.
Mas resiste, retorna, desde que te marchaste…

El amor que te tengo, en mi espacio vacío
Deambula solitario porque anda como loco.

(Con mucho dolor, dedicado a mi hija, quien por estos días llora su enorme pena)
Stella Maris Riera. Argentina (1958) Psicoanalista - Contadora de Historias 




lunes, 9 de noviembre de 2015

La muerte, incansable

Nicoletta Tomas Caravia
www.pinterest.com


Y al final volvió. Al principio merodeó irónica. Como es su costumbre, disimuló su presencia. Se escondió en las ilusiones, en las risas compartidas. Se ocultó entre las charlas de mate y hasta te permitió planear tu futuro. Y nadie la vio, o tal vez, no quisieron verla. La ignoraron. Durante un tiempo fueron felices; y se los permitió. Pero ella, inexorable, permaneció allí. Camaleónica se pegó a las paredes, fue sábana sudada, paño tibio en la frente, fue morfina, y hasta se confundió con algún rayo de sol. Y envuelta en papel de regalo, cuando menos lo esperaban, pegó su zarpazo y te llevó.

(Tristemente dedicado).

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias 


sábado, 26 de septiembre de 2015

El silencio de Serapio

"A punto de llorar"
Alberto Ulloa



Dijo que esa noche sintió una puntada en el centro del pecho; que su brazo izquierdo se contrajo, y que él se estremeció. Dijo que en un movimiento automático, tomó el sobretodo que estaba al lado de la cama, que se lo echó sobre el piyama y que a paso ligero, salió rapidito para calmar su dolor. Dijo que al llegar, intentó explicarle a la recepcionista, pero que ella, en un gesto, lo calló; que dio aviso a su asistente, quien en silencio buscó al enfermero, y este al camillero, quien callado, acudió al doctor. Dijo que intentó explicarle pero que el médico también lo acalló.  Dijo que lo notó alarmado: que con jeringa y estetoscopio se preparó, que midió niveles de potasio, que presto y cauteloso auscultó latidos y respiración; y que sin más, lo mandaron a casa: -que los estudios no reflejan nada-, -que esto no tiene nada que ver con su corazón- y que él intentó explicarle, pero que el médico le hizo un gesto al camillero quien buscó  al enfermero quien le avisó al asistente que la recepcionista llamara al siguiente señor. 
Dijo que nadie quiso escucharlo. 
Serapio llegó a su casa. Triste, solo y en silencio, lloró. 


Stella Maris Riera - Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias 


Otras obras del artista

Alberto Ulloa - Dominicano- 1950/2011 
En sus pinturas, los rostros son captados en gestos que transmiten estados de ánimo interiores. Usa el color con fuerza dramática. 
Más información sobre el autor en el siguiente enlace: Pintores Dominicanos: ALBERTO ULLOA



"Los Amantes"


"Mujer Pensando"

"El Abuelo"

"María Moñito"




jueves, 11 de junio de 2015

Te lloro.

(Ay hermano mío, había olvidado cuánto te amo...)
Por eso te lloro.
Te lloro porque aunque me acerque, ya no conseguiré acercarme, al menos, no como lo hubiera deseado, porque dentro de mí, habita el dolor del desencuentro. Sin embargo, a pesar de esta ausencia tan presente, te amo. Te amo con el amor aquel, el de las vacaciones en la playa: nos reímos de todo, y los chicos corren y se sacuden la arena al grito de helado.
Te lloro, y sé que aunque me acerque, ya no conseguiré acercarme; al menos, no como lo hubiera querido, no como lo había soñado. Te amo con el amor de la niñez y tus pruebas de judo -“porque debo practicar”- y yo vuelo por el aire, y me quedo sin aliento, y me caigo y me levanto, en un grito, mezcla de pánico y gozo, feliz y estrepitosa.
Te lloro, porque aunque te amo y me acerque, jamás lo haré lo suficiente, al menos, no como lo había imaginado. Te amo con el amor de la adolescencia, tirados en la cama, y el cine de los sábados, llena de indios y soldados nuestras tardes; reímos como locos, cómplices y amigos, con esa amistad insensata y eterna que creen tener los hermanos; y la vieja grita, y todo se desordena, la vida se desordena, y nos mareamos, mientras el tiempo pasa, irracional y apasionado, sin lógica ni coherencia. Se mezclan las viejas defensas heroicas, con los anhelos desenfrenados, las pretensiones inhumanas, con las muertes absurdas. Todo nos marea. Pero te amo y te lloro. Te lloro por hoy, por ayer y por mañana; porque aunque me acerque, ya no conseguiré acercarme, al menos no como lo hubiera deseado. Te lloro, aunque te amo, porque dentro de mí, habita el dolor del desencuentro.
Stella Maris Riera - Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias 

lunes, 1 de junio de 2015

Los sueños sueños son

demilagroandamos.blogspot.com

Me desperté agitada. Por un instante permanecí en la misma posición que estaba, luego, me incorporé. Sentada en la cama dejé que mi rostro reposara en la meseta tibia y contenedora que formaban las palmas de mis manos y lloré. Los surcos de mi cara fueron cauces de ríos. El sueño rondaba en mi memoria: las imágenes eran nítidas, la frase, perversa. Se repetía una y otra vez; la escuchaba, no quería hacerlo. Froté mis ojos, los abrí, vi el nuevo día que prometía arder sobre la arena y ansioso, ya lo hacía sobre el cemento del edificio. La frase retornaba, yo no quería oírla. Me acosté nuevamente, arrollándome, bajo la colcha naranja. Recordé cuando niña me asustaba y presurosa corría a los brazos de la tía, su abrazo me calmaba (hoy no tengo sus brazos). En su lugar, mi colcha me cobija, debajo de ella escondo mis miedos más profundos, y aunque me hago pequeñita y pretendo esconderme ¿cómo huir de mí misma? La frase sigue ahí, resuena en mi cabeza, duele en mi corazón. Debo olvidarla, y en voz alta no decirla ni a mí misma  -porque si los contás nena, los sueños se cumplen- decía la tía (y yo no quiero eso). Voy a levantarme, voy a sacudirme la resaca de no haberme embriagado. Voy a irme a la vida. Después de todo, hoy es mi quinto día de vacación y el sol promete arder pleno sobre la arena.


Stella Maris Riera - Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias

sábado, 21 de marzo de 2015

Los Algos



Fue al otro día de mi cumpleaños. Lo descubrí sobre la mesa del comedor entre los vestigios de la fiesta: platos sucios, vasos a medio llenar y algún trozo de torta mordido, que no supo ser lo suficientemente deseado para cumplir su destino. Desordenadas, además, habían quedado cajas, cintas de rafia y papeles de regalo y entre todo eso, asomando, un tubo largo que a mis ojos de niña, se me antojaba raro y desconcertante. Entre despierta y dormida me acerqué y le quité su envoltorio. Lo giré hacia un lado y luego hacia otro, lo puse al derecho y al revés, le di vueltas. Había quedado hacia arriba (creo) o tal vez  fue hacia abajo. La sorpresa y la intriga se debatían para ganar su liderazgo en mí. El tubo estaba entre mis manos. Hacía mucho tiempo que un objeto no captaba mi atención de ese modo y a pesar de mi intriga y ansiedad, no conseguía encontrarle uso o función alguna. Pero entonces descubrí su ojo: era enorme, estaba ubicado al comienzo, o tal vez al final, sentí que me invitaba a mirar en él y sin pensarlo, uní mi mirada a la suya. Entonces se produjo el milagro: el tubo que hasta hacía unos minutos me parecía absurdo e inservible, se volvió maravilloso. Miles de algos se movían ahí dentro, y en su movimiento, me mostraban colores y formas. Mi pensamiento (mágico) una a una las iba transformando en imágenes, y volé. Sentada en el piso de mi cuarto, sin alas desplegadas, ni cielos abiertos. Volé alto, volé lejos, y descubrí que para viajar no hacia falta moverse y que soñar era más fácil si lo hacía despierta. Mi vida cambió. El calidoscopio me enseño muchas cosas y entre ellas a darle un  espacio y un tiempo mas generoso a la fantasía. Ella, día a día, se alía a mí y me ayuda a sobrellevar la realidad. Sí, ese tubo cambió mi mundo, o  tal vez  mi mundo siempre fue el mismo, sólo que yo no lo había notado y ese día, de súbito, lo comprendí. 

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias

Wassili Kandinsky(también llamado Vasíli Kandinsky) nació en Rusia, en 1866 y falleció en Francia, en 1944 se nacionalizó alemán y posteriormente francés, y fue un destacado pionero y teórico del arte abstracto. Estudió derecho y economía, lo que complementó con clases de dibujo y pintura. Al cumplir sus 30 años, Kandinsky abandonó la docencia y fue a estudiar pintura a Munich, renunciando a un porvenir académico ya consolidado. Su interés por el color está presente desde el comienzo de su carrera. Sus variados viajes por diferentes países, lo llevaron a pintar múltiples paisajes alpinos. Tal como narra él mismo en su biografía, por entonces se dio cuenta de que la representación del objeto en sus pinturas, era secundaria e incluso perjudicial, y que la belleza de sus obras residía en la riqueza cromática y la simplificación formal.  Entre 1910 y 1914, pintó numerosas obras que agrupó en tres categorías: 1-las impresiones, inspiradas en la naturaleza; 2-las improvisaciones, expresión de emociones interiores; y 3-las composiciones, que aunaban lo intuitivo con el más exigente rigor compositivo. Estos cuadros se caracterizan por la articulación de gruesas líneas negras con vivos colores; en ellos todavía se percibe un poco la presencia de la realidad. Paralelamente a su labor creativa, reflexionó sobre el arte y su estrecho vínculo con el yo interior en muchos escritos. Al estallar la Primera Guerra Mundial, Kandinsky volvió a Moscú; allí emprendió varias actividades organizativas en el marco del Departamento de Bellas Artes del Comisariado Popular de la Educación hasta que en 1917 se casó con Nina Andreievsky, y cuatro años más tarde se trasladó con ella a Alemania. 

(Si la vida de este artista es de tu interés, podés tener mayor información siguiendo el enlace que se encuentra al pié de esta página)
 Otras obras del artista







La información fue recogida de esta página

Biografias y Vidas






miércoles, 11 de marzo de 2015

Anhelo

"Mujer esperando"
Patricia Ramirez Izabal
http://patriciaramirez.artelista.com/



Voy a estar acá, como siempre, esperándote, a veces a oscuras, otras, iluminada. Presagiaré que vienes, me mantendré encendida; y si la espera es larga, me pondré melancólica. Buscaré alguna imagen en la imagen perdida; si llegas, me encontrarás vibrante, si no, no me sabrás vacía; mas voy a estar acá, como siempre, esperándote.

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias


Patricia Ramírez Izábal nació en Culiacán, Sinaloa. Estudio la licenciatura en Diseño de Modas, Diplomada en Diseño Gráfico, Pintura con el muralista Ernesto Rios y Miguel Saiz. 

Otras obras de la artista 


"Alcatraces"

"Al Desnudo"

Le Pertenezco

Sublimar es Sanar 
La espera se vuelve eterna. La madera crujiente de la vieja silla, lo siente, cuando el sol de la primavera la vuelve tibia. El mar, por momentos atrevido, estira su lengua, sigiloso la acompaña. La ausencia se colma con sonidos, los aromas del viento impregnan el ambiente. Mientras tanto, los astros conspiran (intentan sobornar al tiempo). A lo lejos lo vislumbro y sola lo disfruto: fantaseo con mi pies tocando apenas la arena de un verano que aún no llegó. En silencio, desvanezco, me hago parte del paisaje. Él no lo sabe, le pertenezco.
Stella Maris Riera, Argentina (1958) Psicoanalista, Contadora de Historias

sábado, 7 de marzo de 2015

Tu ausencia incrementa mi neurosis


"Soledad"
Cecilia Valadez

Me recuesto en mi cuarto, me siento sola. Cierro los ojos, sueño. La naturaleza explota su primavera rebosante y aún así, mi pecho, llora lluvias de otoño. 

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista, Contadora de Historias


La silla vacía

"Silla"
Van Gogh

Es un día soleado. Yo no puedo verlo. En ese espacio amanece el vacío. El sentimiento impera en el hueco de mi soledad primaria.
Soy emoción, latido, sudoración, y espanto. Soy fantasía, realidad y delirio. Soy ausencia. Es un día soleado. Yo no puedo verlo.

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias






Vincen Van Gogh (1853-1890) En las décadas finales del siglo XIX, el impresionismo marcó el inicio de una profunda renovación de las artes plásticas que tendría continuidad en la sucesión de corrientes del arte contemporáneo, entre ellos, el holandés Van Gogh. Encarnación  del artista torturado e incomprendido, Van Gogh no llegó a vender más que uno de aquellos centenares de cuadros suyos que actualmente alcanzan desorbitadas cotizaciones en las subastas. El reconocimiento de su obra no empezó hasta un año después de su muerte. En nuestros días, Van Gogh es considerado unánimemente uno de los grandes genios de la pintura moderna. Su producción ejerció una influencia decisiva en todo el arte del siglo XX
Mas información en www.biografiasyvidas.com
Otras obras del artista








"La chambre de Van Gogh"

"Cafe en Arles"



"Almendro en flor"




La muerte anticipada

Retrato abstracto de una mujer deprimida

        creado en el estilo del pointillist.

 

Nos encontramos en un bar. De frente al antiguo reloj, como siempre, recorrimos el lugar buscando dónde ubicarnos; como siempre, elegimos las sillas de corderoy; ésas, las petisas y robustas, las que cuando nos sentamos nos sostienen en un caluroso abrazo cada vez que comenzamos una charla.
Todo parecía estar igual: las paredes en su salmón brillante resaltaban el mobiliario, y la música, suave, nos envolvía. No sabría cómo explicarlo, pero ese día algo había cambiado: ella estaba distante: lo noté cuando en un silencio estrepitoso se dejó caer sobre el respaldo de la silla y con las manos tapó sus ojos, que al parecer, se empeñaban en permanecer cerrados (sólo se abrían alguna que otra vez). Iba a preguntar qué le pasaba cuando percibí que estaba adormilada. Pensé: “será por los sedantes”. Su expresión era triste, observé en ella navegar las palabras no dichas, los impulsos contenidos, su angustia.
A nuestra derecha, un amplio ventanal se abría al exterior, invitándonos a compartir el parque y el sonido del agua que caía en la fuente. Por unos segundos divagué en un sueño; ella no notó mi lejanía; ajena a lo que sucedía, se alejó aún un poco más. De no ser porque era yo quien estaba ahí, habría jurado que nadie la acompañaba.
Ella bebió su café, yo mi jugo; las medialunas, que ese día habían sido pintadas con mermelada, nos tentaban con su dulce sencillez, por una vez, adornada; las imaginé orgullosas de su brillo. Sin embargo su encanto no alcanzó, quedaron allí, en el platito de loza blanca, intactas.
Durante casi una hora, permanecimos calladas, una frente a otra, hasta que a modo de despedida puso su mano sobre la mía, y se levantó. Al caminar hacia la salida elevó su brazo, sutilmente lo movió una o dos veces de izquierda a derecha pretendiendo un saludo; al hacerlo esbozaba una sonrisa (o acaso sólo fue mi anhelo por verla feliz que transformó esa mueca de dolor en alegría). Sin más, se marchó.
Al cerrarse la puerta quedé perpleja, atónita. Me sentí acongojada, confundida y expuesta.
Tomé mis lentes negros, me los puse, e intentando que nadie lo notara, lloré. Lloré en silencio con el enorme deseo de llorar a gritos. Mis lágrimas atravesaron los estrechos y finos huecos que se formaban entre cada uno de mis dedos que para entonces sostenían mi rostro;  huidizas (mis lágrimas) mojaron las magnolias rosadas del mantel de tela que cubría la mesa. Sentí su soledad, creo, o tal vez fue la mía.
Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias 



miércoles, 4 de marzo de 2015

Sólo fueron dos días

Sublimar es Sanar

1: Alucinando
Amaneció nublado. Desde el balcón veo la línea que llaman horizonte (me pregunto a dónde lleva, dónde comienza, dónde termina si termina) -Y si pudiera acercarme (me pregunto) si pudiera nadar, y nadar hasta alcanzarla? si pudiera tocarla? Si eso ocurriera la desdibujaría, y una vez ondeada y burbujeante, le pondría color. Entonces, lo increíble se volvería creíble, lo aceptado inaudito, lo absurdo comprensible, mi palabra nacería, y sin temor al juicio externo me animaría a decir: -“De la profundidad absoluta, gigante e imponente que se planta ante mi, la vi surgir… ¡era tan bella! Amaneció nublado, helada se echó al sol y sobre la arena, apoyó sus bucles de agua y yodo, y tengo la certeza que solamente yo la vi, mas deberán creerme, pues les juro, el zigzagueante horizonte ha sido mi testigo”-.

2: Imaginario.
El calor es insoportable. Chicos y grandes permanecen por horas en la playa: pasan de la sombra al sol, del sol al agua, del agua al sol, y del sol a la sombra, en un circuito monótono y reiterativo, perenne, casi eterno. Todos sudan (sudor mezcla de sal, arena y adrenalina). Miro a lo lejos. Pretendo ver más allá de ese horizonte que ha vuelto a ser lineal y aburrido; la razón se impuso: la vida retoma su rumbo nuevamente y es metódicamente aceptable. No consigo ser parte de ese todo. Es mas, debo confesarlo, tampoco quiero serlo. Quiero seguir soñando. Anhelo y extraño mis momentos delirantes: es que la bella de bucles de yodo ha desaparecido, y en su lugar apenas logro ver su huella y como si con ello no alcanzara, el calor es insoportable.

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista, Contadora de Historias

miércoles, 25 de febrero de 2015

Mañana de Sábado


Sublimar es Sanar

Vasito de vidrio transparente. Adentro, ardiendo en su fervor por agradar, un capuchino explota en un pompón de espuma sabrosa. Ahí, justo al borde, entre la emoción y el encanto. Sobre esa espuma, el rústico chocolate alardea, intentando enamorar a la aromática canela. Una boca se acerca ajena al romance y al instante, se abortan los primeros momentos de un amor, que nunca llegaría a ser.

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista, Contadora de Historias


... 

martes, 24 de febrero de 2015

Recuerdos en mi memoria: la historia más triste jamás contada

Sublimar es Sanar
(...) sentí que volaba, no podía dejar de reír (...)
íbamos transportados por una fuerza inexplicable.
Ay! cómo reía…  


El día transcurría tranquilo. Tomé  el diario que estaba sobre la mesa y comencé  a ojearlo como siempre, de atrás hacia delante, mientras tomaba unos mates y comía mis acostumbrados bizcochos de grasa. Un pájaro cruzó delante de mí y levanté la mirada; logró que mis ojos se fueran lejos, que miraran largo. En ese viaje los vi: formaban una pareja muy joven, ambos sentados sobre una roca,  uno junto al otro, a orillas del río. De espaldas a mí se abrazaban. No alcanzaba a ver sus rostros, sin embargo, percibía su silencio frente a esas aguas profundas y mansas. Sentía su comunión, su diálogo callado colmado de palabras. Desde lejos imaginaba sus movimientos, cómo sus manos se tomaban, cómo él la acariciaba tiernamente, cómo ella se entregaba. Intuía que sus bocas se unían en el beso en el que sus lenguas, deseándose, apenas se rozaban, incitándose a desearse aún un poco más. Inspiré profundo, sentí su respiración compartida, el sabor de su aliento, y supe que en ese encuentro olvidaban su pasado y que el futuro no tenía ninguna importancia; se pertenecían; sólo eran presente.

Torpe y distraída, no pude correrme cuando el agua caliente del termo, se me derramó sobre las piernas mojándome la única pollera que me quedaba limpia. Me sequé rápido. Pensé: “ojalá el ardor de la quemadura pase pronto”.

Fueron escasos segundos, rápidamente volví a mirar hacia delante, pero ellos ya no estaban.

Resignada me dirigí hacia el dormitorio que se encontraba al final del pasillo. No tenía ningún apuro; mis días eran de cuarenta y ocho horas. Horas  igualitas, monótonas e interminables, a tal punto que mi deleite y distracción, pasaba por oír el sonido del viejo reloj a cuerda que marcando su marcha, sonaba cual paso de soldado que canta, al ritmo obligado de su rutina diaria. En el camino recordé que no había estirado la cama, pero al llegar me distrajo el portarretrato que estaba sobre la mesa de luz. Lo tomé. Por unos minutos me detuve para reconocer esas manos que se me aparecían arrugadas y temblorosas, desconocidas, sosteniéndolo. Entre sorprendida y desconcertada lo descubrí: estábamos ahí, eternizados en el sepia de la vieja fotografía: ellos éramos nosotros, sentados uno junto al otro, serenos y en silencio; su mano tomaba la mía, y nuestras bocas se unían en el beso.

Cuando llegó la tarde aún seguía confundida, el claroscuro se hizo noche desgranada. Y no estuve en ese espacio, tampoco en otra parte; sólo me senté y miré la nada. Y nunca lo conté, pero lo juro: al levantar la vista sus ojos me miraban.

Entre alucinaciones y certezas, permanecí impávida, desorientada, y conmovida.

La oscuridad de mi cuarto agigantaba mis sensaciones, me llenaba de dudas enemigas, me obligaba a permanecer en esa posición de niña, acurrucada; mis miedos me acunaban; sin embargo muy dentro de mí, tenía la extraña convicción que  ya había caído lo suficiente, y que ahora solamente podría mejorar. Bastaría con  salir y ver la luz de la mañana; esa mañana que a sí misma se prometía espléndida.
Como tantas veces me lo dijeron, así fue: mi humor mejoró notablemente cuando los primeros reflejos del día me hicieron entrecerrar los ojos, y mucho más cuando luego, lo vi llegar. Sus  pies iban calzados con aquellos zapatos marrones que tanto me gustan; estaban gastados, pero se notaba que alguna vez habían tenido brillo propio, al igual que nosotros. Caminaba pesado y seguro, como hacía mucho no lo hacía; se hundía en el pasto que por esos días nadie cortaba. Sus brazos iban extendidos y tomaban la parte trasera de mi silla de ruedas. Se aferraba fuerte, como presintiendo que alguien fuera a quitársela. Comenzó a susurrar una canción y  al oírlo, impregnada con su magia, canté con él. El sol se desperezaba reflejándose en el agua que había quedado sobre el pasto después del riego, nos calentaba la piel y nos hacía creer que nuevamente éramos jóvenes. Yo me reía. Él apuró su paso hasta transformarlo en una corrida; me agarré fuerte, apreté los dientes, cerré  los ojos y en esa vorágine él corrió más. En medio de una  convicción estremecedora sentí que me elevaba, volaba, no podía dejar de reír, pero ahora era yo misma quien dirigía el paseo que se había vuelto vuelo. Él colgaba hacia abajo, íbamos transportados por una fuerza inexplicable. Ay! cómo reía…  Una brisa tibia peinaba mi pelo gris, lo enredaba. Debajo nuestro moría la letanía; sentía un millón de ojos que abiertos y redondos como lunas llenas, nos miraban, despavoridos. (Pobres incrédulos, no daban crédito a lo que veían). Entre tanta risperidona, dudaron de su cordura, o lo que es peor, se aseguraron de su demencia.

Para cuando llegó el doctor, él permanecía sentado al lado de mi cama de hierros enmohecidos. Lo noté cansado y a su sonrisa desdibujada. Yo tenía mis manos inmóviles, mi emoción dormida. Mi alborada se había desvanecido,  mis sensaciones estaban muertas. Intenté explicar lo que había ocurrido, pero no fue posible. Me dije a mí misma “para qué hacerlo si nadie será capaz de creerme”. Pero éso ya no tenía ninguna importancia, yo había sido muy feliz, ambos lo habíamos sido. ¿Cómo transmitirlo sin que pareciera una locura? Sabía que ninguno de los que me  rodeaban podría  comprenderlo, especialmente teniendo en cuenta que para entonces yo, me encontraba en el hospicio.

Como si un rayo hubiera caído sobre mí, me invadió una comprensión súbita y con ella una profunda tristeza. Entonces, lo de siempre…  los señores de blanco vinieron otra vez, dijeron que no luche, dijeron que llorara, otra vez con eso de “la angustia se transita”; y les dije: “les juro que lo intento, a mi manera: la camino hacia delante y hacia atrás, la pongo de cabeza, la doy vuelta, la rodeo y trato de soltarla, me posee y reconozco: alguna vez se va… Pero la muy insistente, cual bumerang, retorna. Insensible a mi reclamo queda a mi lado, sorda. En mi oscuro silencio, soy eternamente suya; de un modo inevitable le pertenezco; y ha de ser, seguro, que alguna extraña fuerza la acompaña, pues siempre termino convencida, gozosa, regodeada y en sus brazos, y aunque parezca raro, felizmente entristecida”.

Al otro día me quitaron las vendas. Esas que ellos dicen “son para contenerte, para tu bien, para que no te lastimes”. Con mis muñecas doloridas me senté al  borde de la cama; al no verlo, lloré. Lloré un llanto quieto penosamente eterno. Mi cuarto sombrío se llenó de formas, e intenté encontrarle un orden al caos que me rodeaba. Aún tengo una sensación sin nombre que hoy recorre mis vísceras. Una sensación rara como la de aquel día en el que en mi pecho, comenzaron a hacer nido las alondras. (Yo intenté explicarlo, ése fue el comienzo de todo, pero nadie me escuchó, nadie pudo entenderme). Frente a mí, uno a uno fueron desfilando mis rituales matutinos, esos rituales míos que hace mucho habían sido nuestros. Entonces, recordé.
Recordé que era él quien abría las cortinas de la ventana cuando nos sentábamos en las sillas de mimbre, que conversábamos de temas intrascendentes y que nos divertía mirar dentro de las burbujas de agua que caían sobre la yerba formando esos universos transparentes, llenos de vidas que imaginábamos perfectas. Pero entonces, también recordé que hoy no es ayer y que estoy sola. Me sentí perdida.

Como para encontrarme me busqué en el espejo. En  su luna de plata, me miré, me recorrí completa, me detuve un instante, vi mis senos caídos; levanté mi blusa y vi mi dolor acumulado en mi vientre marcado; también vi mis párpados vencidos.
Me vi, pero no quiero verme, porque a pesar de todo, percibo, vergonzosa, la hediondez  detenida hace tiempo, y sin permiso, en mi intimidad, precozmente minada; porque en mis manos viven papeles pergaminos.
Quiero creer que no soy yo, mas lo soy, envejecida. Me veo y no me veo. Sin embargo el espacio se acomoda a mis nuevas medidas, y lo sé, irremediablemente, soy yo en el espejo.

Mas si no fuera yo, y pudiera ser viento, con mis lágrimas formaría un río. Lo haría volar, lo elevaría. Él lo sabría y podría alcanzarme, podría nadarme, sumergirse en mí, aquietarme o beberme. Si no fuera yo y en cambio fuera viento, nos juntaría al menos, una vez más.   

Stella Maris Riera, Argentina (1958) - Psicoanalista - Contadora de Historias
Relato Premiado y Publicado en Disco Digital "Elegidos 2014" - Edit. Aries